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Alaejos y la vieja fundición

 

De viaje a Asturias paramos en Alaejos. Nos esperan una amiga de juventud de Malene y su familia. Al aproximarnos por la carretera de Castrejón de Trabancos, la silueta de las dos iglesias que dominan el horizonte desde el pueblo resulta asombrosa: el tamaño de sus campanarios parece absolutamente desproporcionado para la escasa población a la que sirven. De hecho, luego nos enteramos de que Santa María, un sobrio pero imponente edificio renacentista del siglo XVI que fue declarado monumento nacional en 1931, permanece hoy cerrada, porque la actual feligresía no da para mantener abiertos al culto los dos templos de la doble parroquia, y solo se abre al culto en ocasiones especiales. San Pedro, también renacentista y también de un tamaño muy notable, acoge hoy los ritos ordinarios. No es lo único que hay que ver en esta vieja villa antiguamente cercada: un museo de arte sacro que no llegamos a visitar, en la misma torre de Santa María; algunos restos arqueológicos del castillo, hoy museizados pero en un precario estado de mantenimiento; algunas casas blasonadas de los siglos XVI al XVIII; una casa consistorial con un reloj, una hermosa veleta y una placa que celebra desde su proclamación la Constitución Democrática de 1869; y, en general, un pueblo restaurado con criterio, bajo la égida municipal del ladrillo visto. 

Iglesia de Santa María (siglo XVI, Alaejos).
 
Iglesia de Santa María (siglo XVI, Alaejos).
 
Plaza Mayor de Alaejos.
 
El Ayuntamiento de Alaejos.
 
Iglesia de San Pedro (siglo XVI, Alaejos).
 
Iglesia de Santa María (siglo XVI, Alaejos).
 

Pasamos una tarde agradable en la casa familiar de Raquel, a orillas de la Nacional 620. El edificio forma parte de una finca que comparten varios herederos del primer propietario, Jorge Martín, quien a principios del siglo XX dirigía en ella la principal industria de Alaejos y una de las más importantes de la Castilla de su época: la Fábrica de Artefactos Agrícolas Jorge Martín e Hijos, conocida en toda Castilla como Fundición Alaejos. Hoy queda la casa familiar, con un jardín amenísimo en el que pudimos comer ciruelas maduras tomadas del árbol y contemplar la pollada de algún ave confianzuda que había anidado en un rosal junto a la puerta de la casa. Además, una parte de la antigua fundición ha sido rehabilitada como sede de la compañía distribuidora Hijo de Jorge Martín, S.A., que hoy suministra electricidad y servicios a la comarca, además de un garaje para los vehículos de la empresa. El resto de la fundición, no obstante, así como la antigua quesería, las cuadras y otras dependencias antiguas, permanecen en ruinas, reconquistadas en parte por la naturaleza pero aún testigos de la antigua importancia de esta fábrica, reflejada en el refranero local: “Tres cosas tiene Alaejos que no las tiene La Nava: las torres, la fundición y el patio de Antonio Laura”. 


Tapa de hierro en la fachada de las instalaciones de Hijo de Jorge Martín, SL.
 
¿Pollos de verderón?


El nacimiento de la empresa Jorge Martín e Hijos coincide con un momento de transformación y modernización de la economía vallisoletana, impulsado por el aumento de la competencia comercial, tanto en precios como en calidades, a consecuencia de la expansión de la red ferroviaria, lo que exigió cambios de actividad y diversificación industrial. Armando Caballero da 1857 como fecha fundacional de la fundición de hierros en Alaejos. Jorge Martín e Hijos es uno de los seis fabricantes de la provincia que presentan en la Exposición Pública de Valladolid de 1871 arados de hierro y vertedera, así como sus populares aventadoras de modelo inglés.

Allá por el cambio de siglo, la fábrica realizaba un cuantioso esfuerzo promocional. En septiembre de 1897 participa con éxito en la primera exposición agrícola castellana, organizada en Valladolid por el Centro de Labradores, recibiendo un diploma de mérito de la misma. De 1900 es un anuncio de prensas de uva de “sistema americano” en el que la casa las ofrece “de doble y triple marcha, con huso de acero insaltable [sic] y enganches privilegiados para los zarzos o jaulas”. También publicita “trituradoras para uva con rodillos diagonales y muelle de acero para dar paso a los cuerpos duros, evitando las pasadas y roturas”, “aventadoras, las mejores conocidas, premiadas en cuantas exposiciones han concurrido”, así como “las mejores norias para riegos, construcción especial de la casa, privilegio por veinte años, varios tamaños para caballería y a mano”, y “arados de todos los sistemas, bombas, trillos, gradas, rulos” y otros productos, todo con “garantías a placer”.

En 1901 está documentada la compra por el municipio minero de Mestanza (Ciudad Real) a Jorge Martín e Hijos de una noria para mejorar el llamado Pozo de la Rejada, principal fuente de abastecimiento de la población. El precio de la máquina, que se accionaba a brazo, fue de “cuatrocientas veintiséis pesetas y veinticinco céntimos, incluidos los cangilones y escalerillas”, y llegó por tren hasta Puertollano y en carro hasta Mestanza. Deteriorada la noria con el uso y el paso del tiempo, el ayuntamiento ordenaría la compra de nuevos cangilones y escalerillas en 1915, y nuevamente el proveedor sería la fundición de Alaejos, que, una vez más, en 1921 vuelve a reponer los cangilones por doscientas cuarenta y tres pesetas, más un soporte y un eje por diez y un tranco por ocho.

Fechada en 1903 se conserva una preciosa carta firmada por el mismo Jorge Martín, dirigida a don Casto Domínguez de Salamanca. En el ornado membrete, encabezado por el rótulo “Gran fábrica de artefactos agrícolas Jorge Martín e Hijos. Fundición de hierros. Talleres de construcción y reparación”, constan algunos de los principales artículos objeto de venta en el negocio: aventadoras, arados, ventiladores, rodeznos, canales, alivios para molinos, prensas y trituradoras para uva... En el breve texto se acusa recibo de un envío y se aconseja el reembolso de la aventadora vendida “en valores declarados o letra a nuestra orden sobre Valladolid”. 

Carta de Jorge Martín a Casto Domínguez en 1903 (propiedad de Míriam Martín).


Una hoja publicitaria de 1906 sobre norias relaciona compradores satisfechos por toda España. Los precios oscilan entre las 220 pesetas para las accionadas a mano y las 1375 para las destinadas a dos caballerías mayores, cangilones y otros accesorios aparte. Por la misma época la casa anuncia en la prensa salmantina “aventadoras Siglo XX” y la “trilladora Martín, que movida por tres caballerías hace el trabajo de cinco parejas”, además de segadoras, norias de diversos tamaños, arados, sembradoras, prensas de uvas y “cuantos artefactos requiere la agricultura moderna”.

El Museo del Comercio de Salamanca conserva una de esas prensas de vino fabricada en Jorge Martín e Hijos a principios del siglo XX, con una placa que reza “Alaejos”, junto a las iniciales “J. M.”, como marca registrada. Donación de María Isabel García Martín, se trata de una prensa de jaula o de tornillo de 200x100 cm, consistente en un canasto de listones de madera, el jaulillo, abrazado con cinturones metálicos. Su interior se carga de uvas que son presionadas mediante una tapa obligada a bajar sobre los racimos. Así, el zumo fluye por las aberturas del jaulillo y cae en la base acanalada para recogerse finalmente en un cubo. En 1906 la empresa familiar participó en la Exposición Regional de agricultura, industria y arte de Valladolid. En el fondo fotográfico de la Fundación Joaquín Díaz se conserva una imagen del estand de Jorge Martín e Hijos en dicha feria: junto a un gran arco ornamentado se alinean, entre otras, varias máquinas de roturar y una prensa como la conservada en el museo salmantino. 

Estand de Jorge Martín e Hijos en la Exposición Regional de Valladolid de 1906 (foto: Fundación Joaquín Díaz).


La empresa se convirtió en una referencia industrial en toda Castilla. Tuvo depósitos y representantes en varias ciudades, al menos –que me consten– en Valladolid, donde en 1907 conocemos un depósito de la empresa en la calle Miguel Iscar; en Medina del Campo, donde se anunciaba como tal Bruno Fernández; en Salamanca, donde en 1906 figura como su representante Desiderio Vidal; y en Zamora, donde existía en 1907 un depósito en la calle Viriato, y donde desde 1920 desempeñó esa función el mismo Desiderio Vidal, ya propietario de la ferretería El Candado. En el último caso, los lazos comerciales devinieron familiares: el hijo de Desiderio, Manuel Vidal Chillón, se casó con una de las hijas de Jorge Martín, Cándida. Hierros Manuel Vidal se convirtió pronto en una empresa regional potente que diversificó sus inversiones y hoy sigue siendo líder en Zamora. Fruto de aquella representación son, probablemente, las tapas de registro de hierro viejo que aún se encuentran por las calles zamoranas con el rótulo “Fundición Alaejos”. 

Tapa de registro en la calle de San Pablo de Zamora.


Allá por 1929 Jorge Martín e Hijos se dirige enérgicamente a su mercado: “¡Labradores! Si queréis aventadoras, trilladoras, prensas para uva, arados, etc., dirigíos a Jorge Martín e Hijos de Alaejos, Valladolid”. En la posguerra la empresa seguía siendo un referente reconocido en informes oficiales. Es aún 1960 y Alaejos continúa apareciendo en las reseñas estadísticas del INE como sede de un taller de maquinaria agrícola. Con el paso del tiempo, Jorge Martín había llegado a disponer de ocho naves y una era de pruebas, como ilustran dibujos aparecidos en la publicidad de la época.

Placa publicitaria de latón serigrafiado, sin fecha (detalle; propiedad de Raquel Martín).


A día de hoy lo que fueron instalaciones de la fundición sufren el acoso de los años y de la intemperie. No pretendo ser original con mi entusiasmo por las ruinas, que tantos artistas de la antigüedad y de nuestro Barroco y nuestro Romanticismo cantaron por su sugerente potencial como clave de reflexión melancólica. En las de la Fundición Alaejos permanecen arrumbados residuos y herramientas. En los suelos aún se pueden contemplar los surcos en los que se vertía y se dejaba correr y amoldar el hierro fundido. Aquí y allá se amontonan ferralla oxidada, moldes de un material parecido a la arenisca, montones de escombros y de tejas rotas. Subsisten en pie un par de grandes tolvas bajo un techo ya despedazado. Una cinta transportadora abandonada en el exterior fue atravesada ya hace años por un pujante ailanto, ese árbol especializado en invadir solares y descampados.









Varios detalles de la vieja fundición de Alaejos
 

La estampa de las naves supervivientes, vistas desde el noroeste y con la silueta de Santa María al fondo, es imponente. No dejo de pensar que una intervención pública podría rehabilitar el edificio y convertir este lugar en un Museo de la Fundición, pero inmediatamente considero la ingente inversión que requeriría el rescate de unas instalaciones en tan complicado estado de conservación y la puesta en marcha de un proyecto de museo con implicación en toda Castilla.

Durante el paseo por la propiedad he recogido del suelo algunos recuerdos. Tres tornillos oxidados representan tres antigüedades diferentes: el de longitud intermedia conserva todavía la rosca; en el más largo ya no hay rosca, pero subsiste aparentemente fuerte el vástago; y el más corto, con la corrosión de la humedad, ha perdido buena parte de su materia, adquiriendo un aire frágil y delicado que contrasta con la evidencia de su deterioro. Misteriosamente me hipnotiza alinearlos, sopesarlos, compararlos. Quién sabe qué otros herrumbrosos tesoros se ocultan en este lugar, y qué historias contarán. 


La versión anotada de este texto permanece inédita.
Fotos: Juan Luis Calbarro, excepto donde se señale otra procedencia.
Agradecimientos a Raquel y Sergio.

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