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«Misty»

Erroll Garner (1921-1977) tuvo la inoportunidad de recibir la inspiración durante un aterrizaje complicado en Chicago, tras una tempestad atroz, cuando vislumbró a través de la ventanilla un arcoíris en medio de la bruma. Su vecino de asiento avisó a una azafata, preocupado porque el diminuto joven negro que se sentaba a su lado, seguramente afectado por la tormenta, no paraba de teclear sobre un piano imaginario mientras tarareaba las notas que –no podían saberlo– se iban a convertir en uno de los estándares de jazz más importantes de la historia.

Garner publicó «Misty» en 1954, en su álbum Contrasts. La pieza, que originalmente fue instrumental, tenía una estructura muy tradicional en la música popular norteamericana, la que ellos conocen como 32-bar format, AABA song o ballad, consistente en cuatro secciones de las que la primera, la segunda y la cuarta son iguales o casi iguales (y conllevan, en su caso, estrofas líricas similares con al menos una repetición de las palabras del título por cada estrofa) y la tercera sección –o puente– introduce un cambio melódico y de temperatura y, en cuanto a la letra, un desarrollo que conduce a la conclusión en la cuarta sección. Hay infinidad de ejemplos de este esquema en la música popular americana y universal de los siglos XIX al XXI. En el siguiente vídeo, grabado en Bruselas, Garner prueba que, pese a medir apenas metro y medio, su talla como artista lo sitúa al lado de los más grandes. Como después en el caso de Vaughan, Garner alarga la pieza introduciendo variaciones al repetir las secciones tercera y cuarta:

 

«Misty» tenía tanta calidad que llamó la atención de toda la industria. Músicos como el pianista Johnny Costa (en Piano Solos, 1955) o el saxofonista Georgie Auld (en Manhattan with Strings, 1959) la adoptaron en el espacio de muy pocos años. Un letrista de éxito en la música y el cine de la época, Johnny Burke (1908-1964), no tardó en escribir una letra para la música de Garner, convirtiéndola, así, en la obra de arte que apreciamos hasta el día de hoy y que han cantado multitud de intérpretes. Una de las primeras –si no la primera– fue Dakota Staton (1930-2007) en el disco The Late, Late Show (1957), de factura correcta pero cuyo fraseo no me acaba de convencer.

La versión de Sarah Vaughan (1924-1990) en su álbum Vaughan and Violins (1959), en cambio, es magnífica y pronto se hizo célebre. En ella, como en todo lo que tocaba esta cantante tremenda, destaca el hecho de que la canción está al servicio de la propia intérprete y su lucimiento. En el siguiente vídeo comprobarán cómo los excelentes músicos sustentan la acusada expresividad ad libitum de la solista, que es la verdadera líder de la banda y lo demuestra convirtiendo la pieza en un agitado bosque de rubatos. Observen cómo una encantadora y sudorosísima Vaughan hace, así, auténtica creación de la interpretación, pese a encontrarse resfriada en el momento de 1964 en que canta «Misty» en Suecia:

Bien poco después, Ella Fitzgerald (1917-1996) lanzó el álbum Ella Fitzgerald Sings Songs From Let No Man Write My Epitaph (1960), en el que recogió las canciones cantadas en ese filme más otras como «Misty», que el mismo año salió también en otro álbum suyo en vivo, Mack the Knife/Ella in Berlin. La conocida como Reina del Jazz tuvo la virtud de reunir en su abanico de matices la ternura y la dureza, la feminidad y la rebeldía, la sencillez y el orgullo. Su cuidadoso fraseo, pletórico de swing, y su asombrosa tesitura la convierten en la intérprete perfecta para una balada de tempo lento y amplia variedad tonal. El resultado es, probablemente, la mejor versión del clásico de Garner que podremos escuchar. ¿Por qué la prefiero a la de Vaughan, o a la de Franklin, ambas gloriosas? Seguramente porque la voz aterciopelada de Fitzgerald me parece un prodigio que mejora considerablemente nuestras vidas, porque retoza con la escala antes que con el ritmo, pero, también, porque la artista se pone al servicio de la canción, y no al contrario: amolda su enorme capacidad expresiva para respetar los designios de Garner, emplea la expresividad y su poderío técnico –aquí un rubato discreto, allá un amago de scat, acullá una transposición de octava o un cromatismo– pero mantiene en términos generales la naturalidad que la revelan como vástago de la estirpe de Billie Holiday, su facilidad aparente. Aporta, sin embargo, una modificación única en las versiones que conozco: entre la primera sección y la segunda eleva un semitono que parece acelerar la historia que cuenta, o tal vez modificar su escenario sentimental. También me gusta el acompañamiento intimista que siempre empleó para esta canción: a veces, solo un piano y, otras, todo lo más, un contrabajo y unas escobillas, reproduciendo el ambiente de un club modesto. A continuación verán un ejemplo en directo de 1963, en el Olimpia de París –y, aparentemente, pasando tanto calor como Vaughan en Suecia un año después–, aunque hay otras muchas grabaciones disponibles. Cuando Fitzgerald se echa la mano al oído, se convierte en un instrumento de jazz férreamente afinado:

Johnny Mathis (1935), en particular, hizo de «Misty» el buque insignia de su repertorio, siendo su versión probablemente la más difundida durante los cincuenta y sesenta. Si Sinatra era La Voz, al joven texano se le promocionaba en los últimos 50 como La Voz de Terciopelo. Efectivamente, Mathis estaba dotado de una voz extraordinaria y fue uno de los grandes crooners que dominaron la escena antes de la llegada impetuosa del rock, jugando en el mismo equipo que los Sinatra, Como, Martin o Bennett; pero carecía tanto del desgarro de las grandes cantantes de blues y jazz como del swing de Sinatra. Su versión de «Misty» (en el álbum Heavenly, de 1959) nos transporta inconfundiblemente a una época que es, por otro lado, incapaz de trascender. Es mansa, siempre le faltó garra y su arreglo orquestal parece pensado para una teleserie de enredos amorosos a bordo de un crucero. A esa mansedumbre contribuye que la forma de cantar de Mathis en las notas sostenidas remitía lejanamente al balido de la oveja, una característica que fue acentuándose como recurso conforme el artista perdía facultades, que fue relativamente pronto; no digamos a día de hoy, en que el intérprete, ya nonagenario, sigue arrastrando el opus magnum de Garner por los escenarios. No busquen, por favor, los vídeos más recientes, porque bastante ignominia padecemos ya viendo el telediario cada día, y escuchen por curiosidad el original de 1959:

Nuestra canción se convirtió, así, en un caramelo al que todo el mundo aspiraba a sacarle el jugo. Bing Crosby (1903-1977), que requirió «Misty» para su álbum With All My Heart (1961), trabó una versión solvente y melódica –dirigida a un público consolidado– del ya incuestionable éxito de Garner. Algo bastante parecido se puede decir de Frank Sinatra (1915-1998), que persiste en la asociación con los violines que ya habían explotado Auld y Vaughan en su Sinatra and Strings (1962). El neoyorquino de Hoboken hizo, como siempre, un trabajo profesional en el que sus enormes tablas y su insuperable, acariciante voz resuelven una interpretación correcta que no llega, no obstante, a sorprender ni emocionar. Tenemos también el caso de Nat King Cole (1919-1965), un vocalista de un estilo exquisito en cuya versión, sin embargo, «Misty» parece maullada por el gatito del segundo verso. La registró en 1958 y no se publicó hasta después de su muerte, en el recopilatorio Looking Back (1965). Estas tres versiones se pueden ver en los siguientes enlaces, aunque son prescindibles:

El gran Count Basie (1904-1984) incluyó un «Misty» instrumental en su disco de estudio Dance Along with Basie (1964). Su versión aporta la elegancia superlativa, la alegría y el enorme placer que siempre aportan las interpretaciones de Basie: darle complejidad orquestal a lo que en Garner era solo (solo) un piano escuetamente acompañado equivale a aplicarle tecnología aeroespacial a lo que ya era un potentísimo coche de carreras. Escúchenlo en esta grabación:

En 1965, Aretha Franklin (1942-2018) llevaba ya diez años de carrera, aunque solo hubiese cumplido veintidós. En aquel momento, Columbia produjo su álbum Yeah!!!, que incluyó el ya clásico de Garner. Aquí, toda la herencia góspel y la expresividad del jazz-soul revientan las costuras rítmicas de la canción, le prestan un aspecto casi vanguardista y demuestran por qué esta hija de Memphis fue una emperatriz entre las reinas. Disfrútenlo en este enlace:

Entre otras muchas versiones menores, no quiero olvidar una muy peculiar. En 1975, el cómico y estrella del country Ray Stevens (1939), haciendo honor a ambas condiciones, tuvo la ocurrencia de hacer una versión country de «Misty». La canción le valió un puesto 3 en el Country Chart, un 14 en los Hot 100 y el premio Grammy al mejor arreglo de ese año. En fin, la mamarrachada no deja de tener su mérito, pero yo escucho el banjo y la slide guitar donde escuchábamos la sección de viento de Count Basie y me dan ganas de darle al bueno de Ray una colleja en vez de un premio. En fin, aquí está la prueba del delito:

Todo esto venía a propósito de un descubrimiento que he hecho estos días. Existe una cantante llamada Laufey Lín Bing Jónsdóttir (Reykjavik, 1999), de ascendencia islandesa y china y que en aras de la claridad se presenta simplemente como Laufey, una decisión que –estoy seguro– todos le agradecemos. Esta joven superdotada no solo cuenta con una formación musical abrumadora, sino que es depositaria de una voz privilegiada, de una tesitura amplísima y matices de terciopelo que a todos ha hecho recordar a la diosa de Newport News. Laufey ha publicado cuatro discos hasta el momento: Bewitched (2023), Bewitched: The Goddess Edition (2024), A Matter of Time (2025) y A Matter of Time: The Final Hour (2026). Es ya una figura conocida en festivales y encuentros jazzísticos y su simpática canción «Lover Girl» ha recibido muy buena acogida popular. Su música rescata todo el aire del mejor jazz y las baladas de los 50, una década en que América, pese a la gangrena del macartismo, vivió una especie de edad dorada del buen gusto: la moda, las artes decorativas, el cine, el diseño de automóviles, hasta las mujeres más hermosas que pueblan nuestra memoria cinematográfica y, por supuesto, una música popular de una calidad muy elevada.

Laufey

Laufey presentó en su primer disco su propia versión de «Misty», una solución bastante clásica y relativamente poco arriesgada –considerando que con la mera elección de «Misty» (¡en su primer disco!) ya se atrevía a asumir un riesgo muy importante– en la que a mi juicio rinde homenaje a Fitzgerald por los mismos motivos que he señalado al valorar positivamente la versión de esta: la islandesa aporta una expresividad eficaz pero contenida, cuida al máximo el fraseo y, sobre todo, conmueve el alma con unas octavaciones y un manejo de los cromatismos en los rellenos entre secciones y en la falsa resolución que ponen la carne de gallina. Si no fuera porque ya hemos comprobado que herejías como la de Ray Stevens son premiadas con un Grammy, me atrevería a augurarle un éxito arrollador a esta muchacha, pero me conformaré con recomendarles un último vídeo. Existe también la versión de estudio, en la que el arreglo es más completo, el fraseo vocal es perfecto y desaparecen ciertas fricaciones en las sibilantes –que ignoro si se deben al origen de la artista–, pero esta es la versión con la que se me cayeron las lágrimas: en directo, en su casa y acompañada solo por su propio piano. Buenas tardes.

 

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Erroll Garner

Johnny Burke

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Ella Fitzgerald

Johnny Mathis

Frank Sinatra

Count Basie

Aretha Franklin

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